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El Ministerio de Curación

Capítulo 34

La Verdadera Educación Prepara Para la Obra Misionera

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LA VERDADERA educación es una preparación para ser misionero. Todo hijo e hija de Dios está llamado a ser misionero; se nos llama a servir a Dios y a nuestros semejantes, y el objeto de nuestra educación debe ser capacitarnos para este servicio.

La preparación para servir

Este objeto deberían tenerlo siempre presente los padres y maestros cristianos. No sabemos en qué actividad han de servir nuestros hijos. Puede ser que su vida, transcurra en el círculo del hogar; tal vez sigan alguna de las profesiones ordinarias de la vida o vayan a países paganos para enseñar el Evangelio; pero serán todos igualmente misioneros de Dios, ministros de misericordia para el mundo.

Dios ama a los niños y a los jóvenes, con sus lozanas dotes, con su energía y valor, sus delicadas susceptibilidades, y desea ponerlos en armonía con los agentes divinos. Tienen, por lo tanto, que recibir una educación que los habilite para ponerse de parte de Cristo y servirle abnegadamente.

Cristo dijo acerca de todos sus hijos hasta el fin del tiempo, lo mismo que declaró con respecto a los primeros discípulos: "Como tú me enviaste al mundo, también los he enviado al mundo" (S. Juan 17:18), para ser representantes de Dios, para revelar su Espíritu, para poner de manifiesto su carácter, para hacer su obra.

Nuestros hijos están como en la encrucijada de los caminos. De todos lados las mundanas incitaciones al egoísmo y la concupiscencia los invitan a desviarse de la senda trazada para los rescatados del Señor. De la elección que hagan depende que sus vidas sean una bendición o una maldición. Rebosantes de energía, deseosos de probar sus aptitudes, necesitan dar salida a su vida exuberante. Serán activos para el bien o para el mal.

La Palabra de Dios no reprime la actividad, sino que la guía y encauza. Dios no ordena al joven que tenga menos aspiraciones. No se han de reprimir los elementos del carácter que aseguran éxito verdadero y honores entre los hombres; a saber, el deseo irreprimible de alcanzar algún bien mayor, la voluntad indomable, la aplicación tenaz y la perseverancia incansable. Deben dedicarse, mediante la gracia de Dios, a conseguir fines tanto más elevados que los intereses mundanos egoístas como son más altos los cielos que la tierra.

A nosotros, como padres cristianos, nos toca dar a nuestros hijos la debida dirección. Deben ser guiados con cuidado, prudencia y ternura en la senda del ministerio cristiano. Un pacto sagrado con Dios nos impone la obligación de educar a nuestros hijos para servirle. Rodearlos de una influencia que los lleve a escoger una vida de servicio, y darles la educación necesaria para ello, tal es nuestro primer deber.

"De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito," para que no pereciéramos, sino que tuviéramos "vida eterna...... Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros." Si amamos, daremos. "No . . . para ser servido, sino para servir," es la gran lección que hemos de aprender y enseñar. (S. Juan 3:16; Efesios 5:2; S. Mateo 20:28.)

Impresionad a los jóvenes con el pensamiento de que no se pertenecen a sí mismos, sino a Cristo. Fueron comprados por su sangre, y su amor los requiere. Viven porque él los guarda con su poder. Su tiempo, su fuerza, sus aptitudes son de Cristo; es menester desarrollarlas y perfeccionarlas a fin de emplearlas en beneficio de él. Después de los seres angélicos, la familia humana, formada a imagen de Dios, es la más noble de las obras creadas por Dios, quien desea que los seres humanos lleguen a ser todo lo que él ha hecho posible que sean, y quiere que hagan el mejor uso de las facultades que él les ha concedido.

La vida es misteriosa y sagrada. Es la manifestación de Dios mismo, fuente de toda vida. Las oportunidades que ella depara son preciosas y deben ser fervorosamente aprovechadas. Una vez perdidas, no vuelven jamás.

Ante nosotros Dios pone la eternidad, con sus solemnes realidades, y nos revela temas inmortales e imperecederos. Nos presenta verdades preciosas y ennoblecedoras, para que podamos progresar por una senda segura en pos de un objeto digno de que le dediquemos fervorosamente todas nuestras aptitudes.

Dios mira el interior de la diminuta semilla que él mismo formó, y ve en ella la hermosa flor, el arbusto o el altivo y copudo árbol. Así también ve las posibilidades de cada ser humano. Estamos en este mundo con algún fin. Dios nos ha comunicado su plan para nuestra vida, y desea que alcancemos el más alto nivel de desarrollo.

Desea que crezcamos continuamente en santidad, en felicidad y en utilidad. Todos tienen habilidades que deben aprender a considerar como sagradas dotes, a apreciarlas como dones del Señor y a emplearlas debidamente. Desea que la juventud desarrolle todas sus facultades, y que las ponga en ejercicio activo. Desea que los jóvenes gocen de todo lo útil y valioso en esta vida; que sean buenos y hagan el bien, acumulando un tesoro celestial para la vida futura.

Debería ser su anhelo sobresalir en todo lo noble, elevado y generoso. Para ello consideren a Cristo como el modelo según el cual deben formarse. La santa ambición que Cristo manifestó en su vida debe moverlos a ellos también, es a saber, la de dejar mejor el mundo por haber vivido en él. Esta es la obra a la cual han sido llamados.

Un fundamento amplio

La más alta de todas las ciencias es la de salvar almas. La mayor obra a la cual pueden aspirar los seres humanos es la de convertir en santos a los pecadores. Para realizar esa obra, hay que echar amplios cimientos, y al efecto se necesita una educación comprensiva, que requiera de los padres y maestros pensamientos y esfuerzos superiores a los que requiere la mera instrucción científica. Se necesita algo más que cultura intelectual. La educación no es completa a menos que el cuerpo, la mente y el corazón se desarrollen armoniosamente. El carácter ha de recibir disciplina adecuada para su desarrollo más perfecto. Todas las facultades físicas y mentales deben educarse y desarrollarse, debidamente. Es deber nuestro cultivar y poner en ejercicio toda facultad que haga de nosotros obreros más eficaces de Dios.

La verdadera educación incluye el ser entero. Nos enseña el uso correcto de nuestro ser. Nos habilita para hacer el mejor uso del cerebro, de los huesos y de los músculos; del cuerpo, de la inteligencia y del corazón. Las facultades de la mente, por ser las superiores, deben gobernar el reino del cuerpo. Los apetitos y las pasiones naturales deben someterse al dominio de la conciencia y de los afectos espirituales. Cristo está a la cabeza de la humanidad, y es su propósito guiarnos en su servicio, por las altas y santas sendas de la pureza. Por la maravillosa operación de su gracia, hemos de llegar a ser perfectos en él.

Jesús recibió su educación en el hogar. Su madre fue su primer maestro humano. De los labios de ella, y de los escritos de los profetas, aprendió las cosas del cielo. Vivió en un hogar de aldeanos y con fidelidad y buen ánimo llevó su parte de las cargas de la casa. El que había sido el comandante del cielo, consintió en ser un siervo voluntario, un hijo amante y obediente. Aprendió un oficio, y con sus propias manos trabajó en la carpintería con José. Vestido como trabajador común, recorría las calles de la aldea, al ir a su humilde trabajo y al volver de él.

La gente de aquel tiempo estimaba las cosas por su apariencia. La religión había ganado en pompa cuanto perdiera en poder. Los educadores de entonces procuraban imponer respeto por medio del lujo y la ostentación. La conducta de Jesús presentaba señalado contraste con todo ello. Demostraba la inutilidad de las cosas que los hombres consideraban como las más importantes de la vida. Jesús no frecuentó las escuelas de aquel tiempo, que solían exagerar las cosas pequeñas y empequeñecer las grandes. Se educó en las fuentes designadas por el Cielo, en el trabajo útil, en el estudio de las Escrituras, en la naturaleza y en las experiencias de la vida, en los libros de texto de Dios, llenos de enseñanza para todo aquel que recurre a ellos con manos voluntarias, ojos abiertos y corazón dispuesto a entender.

"Y el niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él." (S. Lucas 2:40.)

Así preparado, Cristo emprendió su misión, ejerciendo en los hombres, siempre que se relacionaba con ellos, una influencia bendita, un poder transformador, tales como el mundo no había visto jamás.

La enseñanza del hogar

El hogar es la primera escuela del niño y allí deben echarse los cimientos de una vida de servicio, cuyos principios no deben enseñarse con meras teorías. Deben encauzar la educación de la vida entera.

Muy temprano debe enseñarse al niño a ser útil. Tan pronto como su fuerza y su poder de razonar hayan adquirido cierto desarrollo, debe dársele algo que hacer en casa. Hay que animarle a tratar de ayudar a su padre y a su madre; a tener abnegación y dominio propio; a anteponer la felicidad ajena y los intereses del prójimo a los suyos propios, a alentar y ayudar a sus hermanos y a sus compañeros de juegos y a ser bondadoso con los ancianos, los enfermos y los infortunados. Cuanto más compenetre el hogar el verdadero espíritu servicial, tanto más plenamente se desarrollará en la vida de los niños. Así aprenderán a encontrar gozo en servir y sacrificarse por el bien de los demás.

La obra de la escuela

La educación en el hogar debe ser completada por la obra de la escuela. Hay que tener siempre en cuenta el desarrollo de todo el ser, físico, intelectual y espiritual, así como la enseñanza del servicio y del sacrificio.

Más que ningún otro agente, el servir por amor a Cristo en las cosas pequeñas de la vida diaria tiene poder para formar el carácter y para dirigir la vida por el camino del servicio abnegado. Despertar este espíritu, fomentarlo y encauzarlo debidamente es la obra de padres y maestros. No podría encomendárseles obra más importante. El espíritu de servicio es el espíritu del cielo, y en cada esfuerzo que se haga para fomentarlo y alentarlo puede contarse con la cooperación de los ángeles.

Una educación tal debe basarse en la Palabra de Dios. Sólo en ella se exponen plenamente los principios de la educación. Debe hacerse de la Biblia el fundamento del estudio y de la enseñanza. El conocimiento esencial es el conocimiento de Dios y de Aquel a quien envió.

Todo niño y todo joven deben tener algún conocimiento de sí mismos. Deben conocer la habitación física que Dios les ha dado, y las leyes mediante las cuales pueden conservarla sana. Todos deben obtener una comprensión cabal de los ramos comunes de la educación. Todos deben adquirir una preparación industrial que haga de ellos hombres y mujeres prácticos, idóneos para los deberes de la vida diaria. A esto hay que añadir la enseñanza y la experiencia práctica en varios ramos del esfuerzo misionero.

Se aprende enseñando

Progresen los jóvenes tan rápidamente y tanto como puedan en la adquisición de conocimientos. Tenga su campo de estudios toda la amplitud que sus facultades puedan abarcar. Al aprender algo, comuníquenlo a otros. Así su inteligencia adquirirá disciplina y poder. El uso que hagan de sus conocimientos determinará el valor de su educación. Dedicar mucho tiempo al estudio, sin hacer esfuerzo alguno por comunicar a otros lo que se aprende, es a menudo un impedimento más bien que una ayuda para el verdadero desarrollo. En el hogar y en la escuela debe el estudiante esforzarse por aprender a estudiar y a comunicar el conocimiento adquirido. Cualquiera que sea su vocación, tendrá que aprender y enseñar durante toda su vida. Así podrá progresar continuamente, haciendo de Dios su confidente y aferrándose a Aquel que es infinito en sabiduría, que puede revelar los secretos ocultos durante siglos y resolver los problemas más difíciles para los que creen en él.

La Influencia de las Asociaciones

La Palabra de Dios da mucha importancia a la influencia que las compañías ejercen hasta en los hombres y las mujeres. ¡Cuánto mayor será tal influencia en la mente y el carácter de los niños y los jóvenes! Las personas a quienes traten, los principios que adopten, los hábitos que contraigan, determinarán el grado de utilidad que alcancen en esta vida y cuáles serán sus intereses futuros y eternos.

Es una realidad terrible, que debiera estremecer el corazón de los padres, el que en tantas escuelas y colegios adonde se manda a la juventud para recibir cultura y disciplina intelectual, prevalezcan influencias que deforman el carácter, distraen el espíritu del objeto verdadero de la vida y pervierten la moralidad. Mediante el trato con personas sin religión, amigas de los placeres y depravadas, muchos jóvenes pierden su sencillez y pureza, su fe en Dios, y el espíritu de abnegación que padres y madres cristianos fomentaron y conservaron en ellos por medio de instrucciones cuidadosas y fervorosas oraciones.

Muchos de los que entran en la escuela con propósito de prepararse para desempeñar algún servicio abnegado, concluyen por absorberse en estudios profanos. Se despierta en ellos la ambición de descollar entre sus compañeros y de adquirir puestos y honores en el mundo. Pronto llegan a perder de vista el objeto que los llevara a la escuela, y se entregan a la persecución de fines egoístas y mundanos. Y a menudo contraen hábitos que arruinan su vida para este mundo y para el venidero.

Por lo general, los hombres y las mujeres de ideales amplios, de propósitos generosos y nobles aspiraciones, son aquellos en quienes se desarrollaron esto rasgos característicos por las compañías con que se juntaron en sus primeros años. En todas sus relaciones con Israel, Dios insistió en lo importante que era velar por las compañías de sus hijos. Todas las disposiciones de la vida civil, religiosa y social tendían a preservar a los niños del trato con gente perniciosa y a familiarizarlos desde su más temprana edad con los preceptos y principios de la ley de Dios. La lección objetiva dada al nacer la nación fue de tal naturaleza que debía impresionar hondamente los corazones. Antes que el último y terrible castigo cayera sobre los egipcios con la muerte de los primogénitos, Dios ordenó a su pueblo que recogiera a sus niños en sus respectivas casas. El dintel de cada casa debía marcarse con sangre, y todos debían guarecerse al amparo seguro de aquella señal. Así también hoy los padres que aman y temen a Dios deben guardar a sus hijos "en vínculo de concierto," bajo la protección de las influencias sagradas hechas posibles por la sangre redentora de Cristo.

"Sed Vosotros Peculiares"

De sus discípulos, Cristo dijo: "Yo les he dado tu palabra; y ... no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo." (S. Juan 17:14.)

"No os conforméis a este siglo -nos manda Dios;- mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento." (Romanos 12:2.)

"No os juntéis en yugo con los infieles: porque ¿qué compañía tiene la justicia con la injusticia? ¿y qué comunión la luz con las tinieblas? ... ¿y qué concierto el templo de Dios con los ídolos? porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré en ellos; y seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo. Por lo cual

"Salid de en medio de ellos, y apartaos.... y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso." (2 Corintios 6:14-18.)

"Reunid el pueblo." Declaradle "las ordenanzas de Dios y sus leyes." (Joel 2: 16; Exodo 18: 16.)

"Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré." (Números 6:27.)

"Y verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es llamado sobre ti." (Deuteronomio 28:10.)

"Y será el residuo de Jacob en medio de muchos pueblos, como el rocío de Jehová, como las lluvias sobre la hierba, los cuales no esperan varón, ni aguardan a hijos de hombres." (Miqueas 5:7.)

Nosotros estamos contados con Israel. Todas las instrucciones dadas a los antiguos israelitas respecto a la educación de sus hijos, todas las promesas de bendición por medio de la obediencia, son para nosotros.

Dios nos dice: "Bendecirte he, ... y serás bendición." (Génesis 12:2.)

De los primeros discípulos y de todos los que creerían en él por la palabra de ellos, Cristo dijo: "Y yo, la gloria que me diste les he dado; para que sean una cosa, como también nosotros somos una cosa. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumadamente una cosa; y que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado, como también a mi me has amado." (S. Juan 17:22,23.)

¡Admirables, admirables palabras, casi fuera del alcance de la fe! El Creador de todos los mundos ama a los que se consagran a su servicio, así como ama a su Hijo. Aquí también y ahora mismo su favor y su gracia nos son otorgados en maravillosa medida. Nos ha dado la Luz y la Majestad de los cielos, y con él nos ha concedido todos los tesoros del cielo. Además de lo mucho que nos ha prometido para la vida futura, nos concede con regia largueza dones para la vida presente. Como súbditos de su gracia, desea que gocemos de todo cuanto ennoblece, expansiona y realza nuestro carácter. Aguarda él para inspirar a la juventud el poder de lo alto, a fin de que permanezca bajo la bandera ensangrentada de Cristo, trabajando como él trabajó, para guiar a las almas por senderos seguros y afirmar los pies de muchos sobre la Roca de los siglos.

Cuantos procuren trabajar en armonía con el plan divino de educación recibirán su gracia auxiliadora, su continua presencia, su poder que los guardará. A todos les dice:

"Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente: no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios será contigo." "No te dejaré, ni te desampararé." (Josué 1:9, 5.)

"Porque como desciende de los cielos la lluvia, y la nieve, y no vuelve allá, sino que harta la tierra, y la hace germinar y producir, y da simiente al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá haya, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán: y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída." (Isaías 55:10-13.)

En el mundo entero la sociedad está en desorden, y se necesita una transformación radical. La educación dada a la juventud moldeará toda la organización social.

"Y edificarán los desiertos antiguos, y levantarán los asolamientos primeros, y restaurarán las ciudades asoladas, los asolamientos de muchas generaciones."

Y los hombres los llamarán "sacerdotes de Jehová ... y tendrán perpetuo gozo. Porque yo Jehová soy amador del derecho, ... por tanto, afirmaré en verdad su obra, y haré con ellos pacto perpetuo. Y la simiente de ellos será conocida entre las gentes, y sus renuevos en medio de los pueblos; todos los que los vieren, los conocerán, que son simiente bendita de Jehová....

Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su simiente, así el Señor Jehová hará brotar justicia y alabanza delante de todas las gentes." (Isaías 61:4-11.)