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El Ministerio de Curación

Capítulo 33

Influencia del Hogar

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EL HOGAR debe ser para los niños el sitio más agradable del mundo, y la presencia de la madre en él debe ser su mayor atractivo. Los niños son por naturaleza sensibles y amantes. Es fácil contentarlos o hacerlos infelices. Por medio de suave disciplina, palabras y actos cariñosos, las madres pueden conquistar el corazón de sus hijos.

A los niños les gusta la compañía, y raras veces quieren estar solos. Anhelan simpatía y ternura. Creen que lo que les gusta agradará también a la madre, y es natural que acudan a ella con sus menudas alegrías y tristezas. La madre no debe herir sus corazones sensibles tratando con indiferencia asuntos que, si bien son baladíes para ella, tienen gran importancia para ellos. La simpatía y aprobación de la madre les son preciosas. Una mirada de aprobación, una palabra de aliento o de encomio, serán en sus corazones como rayos de sol que muchas veces harán feliz el día entero.

En vez de despedir a sus hijos, para no verse molestada por el ruido que producen ni por sus menudas demandas, idee la madre entretenimientos o labores fáciles que mantengan ocupadas las activas manos e inteligencias.

Identificándose con los sentimientos de sus hijos y dirigiendo sus diversiones y ocupaciones, la madre se ganará su confianza, y le será más fácil corregir los malos hábitos que tengan, o contrarrestar sus manifestaciones de egoísmo y de ira. Una palabra de advertencia o de reprobación, dicha en momento oportuno, será de gran valor. Con amor paciente y vigilante puede encaminar en la debida dirección la inteligencia de sus hijos y cultivar en ellos hermosos y atractivos rasgos de carácter. Las madres deben educar a sus hijos de modo que no se apoyen siempre en los demás ni piensen únicamente en sí mismos. No deben inducirles a creer que todo debe girar en derredor suyo. Algunos padres dedican mucho tiempo y atención a jugar con sus hijos; pero los niños deben aprender a jugar solos, a ejercitar su ingenio y habilidad. De este modo sabrán contentarse con placeres sencillos. Debe enseñárseles a soportar valientemente sus pequeños desengaños y pruebas. En vez de hacerles reparar en el menor dolorcillo, distráigaseles la atención y enséñeseles a pasar por alto leves contratiempos y penas. Procúrese sugerirles medios de aprender a ser atentos para con los demás.

Requieren atención constante

Pero no hay que descuidar a los niños. Recargadas con muchos cuidados, las madres consideran a veces que no pueden dedicar tiempo alguno para enseñar con paciencia a sus pequeñuelos y demostrarles amor y simpatía. Recuerden empero que si los hijos no encuentran en sus padres ni en el hogar la satisfacción de su deseo de simpatía y de compañerismo, la buscarán en otra parte, donde tal vez peligren su espíritu y su carácter.

Por falta de tiempo y reflexión, más de una madre niega a sus hijos tal o cual placer inocente, mientras que sus dedos hábiles y sus ojos cansados se empeñan con diligencia en labores destinadas solamente al adorno, que a lo sumo sólo sirven para fomentar la vanidad y la prodigalidad en sus jóvenes corazones. Al acercarse los jóvenes a la edad adulta, estas lecciones dan por fruto el orgullo y la falta de dignidad moral. La madre se queja de las faltas de sus hijos, pero no se da cuenta de que cosecha lo que ella misma sembró.

Hay madres que no tratan a sus hijos de un modo uniforme. A veces les permiten hacer o tener cosas que les perjudican, y otras veces les niegan placeres inocentes que llenarían de contento los corazones infantiles. En esto no siguen el ejemplo de Cristo, quien amaba a los niños, comprendía sus sentimientos y simpatizaba con ellos en sus placeres y sus pruebas.

Responsabilidad del padre

El esposo y padre es cabeza de la familia. Es justo que la esposa busque en él amor, simpatía y ayuda para la educación de los hijos, pues son de él tanto como de ella, y él tiene tanto interés como ella en el bienestar de ellos. Los hijos buscan sostén y dirección en el padre, quien necesita tener un concepto correcto de la vida y de las influencias y compañías que han de rodear a su familia. Ante todo, debería ser dirigido por el amor y temor de Dios y por la enseñanza de la Palabra divina, para poder encaminar los pasos de sus hijos por la buena senda.

El padre es el legislador de su familia, y, a semejanza de Abrahán, debe hacer de la ley de Dios la regla de su hogar. Dios dijo de Abrahán: "Yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa." (Génesis 18:19.) En la casa del patriarca no habría descuido culpable en cuanto a reprimir el mal; no se verían favoritismos débiles, imprudentes e indulgentes, ni se sacrificarían las convicciones respecto al deber en atención a afectos equivocados. No sólo Abrahán daría buenas instrucciones, sino que conservaría la autoridad de las leyes justas y rectas. Dios ha dado reglas para nuestro gobierno. No se debe permitir que los niños se aparten de la senda segura trazada en la Palabra de Dios, para ir por los caminos peligrosos que existen por doquiera. Hay que refrenar sus malos deseos y reprimir sus malas inclinaciones bondadosamente, pero con firmeza, perseverancia y oración.

El padre debe hacer que rijan en su familia las virtudes más austeras: la energía, la integridad, la honradez, la paciencia, la diligencia y el sentido práctico. Y lo que exija de sus hijos debe practicarlo él mismo, dando ejemplo de dichas virtudes con su comportamiento varonil.

Pero, padres, no desalentéis a vuestros hijos. Combinad el cariño con la autoridad, la bondad y la simpatía con la firme represión. Dedicad a vuestros hijos algunas de vuestras horas de ocio; intimad con ellos; asociaos con ellos en sus trabajos y juegos, y ganad su confianza. Cultivad su amistad, especialmente la de vuestros hijos varones. De este modo ejerceréis sobre ellos una poderosa influencia para el bien.

El padre debe hacer cuanto esté de su parte por la felicidad del hogar. Cualesquiera que sean los cuidados y las perplejidades que le ocasionen sus negocios, no debe permitir que arrojen sombra sobre su familia; debe volver siempre a casa con la sonrisa y buenas palabras en los labios.

En cierto sentido, el padre es el sacerdote de la familia, en cuyo altar ofrece sacrificio matutino y vespertino. Pero la esposa y los hijos deben unirse con él en la oración y en el canto de alabanza. Por la mañana, antes de irse a sus quehaceres cotidianos, reúna el padre a sus hijos en torno suyo, y, postrados ante Dios, encomiéndelos al cuidado del Padre celestial. Cuando hayan pasado los afanes del día, vuélvase a reunir la familia en oración de acción de gracias y en canto de alabanza, para reconocer el cuidado divino del cual fue objeto durante el día.

Padres y madres, por muy urgentes que sean vuestras ocupaciones, no dejéis nunca de reunir a vuestra familia en torno del altar de Dios. Pedid el amparo de los santos ángeles para vuestra casa. Recordad que vuestros amados están expuestos a tentaciones. La senda de jóvenes y viejos está sembrada de molestias cotidianas. Quienes quieran llevar una vida de paciencia, amor y gozo, han de orar. Sólo con la ayuda constante de Dios podemos vencernos a nosotros mismos. En el hogar deben convivir la alegría, la cortesía y el amor; y donde residen estas virtudes habrá felicidad y paz. Podrán sobrevenir dificultades, pero éstas constituyen la suerte que le toca a toda la humanidad. Resplandezcan la paciencia, la gratitud y el amor en el corazón, por nublado que esté el día. En tales hogares moran los ángeles de Dios.

Cada uno de los esposos procure la felicidad de su cónyuge, sin descuidar jamás los leves actos de cortesía y bondad que alegran e iluminan la vida. Debe haber completa confianza entre los esposos. Ambos deben hacer frente a sus responsabilidades. Juntos deben trabajar por el mayor bien de sus hijos. Jamás deben, en presencia de éstos, criticar el uno los planes del otro ni poner en tela de juicio el criterio del otro. Procure cuidadosamente la esposa no dificultarle al marido la obra que hace por los hijos. Sostenga el marido, por su parte, las manos de su esposa, dándole prudente consejo y amoroso aliento.

No debe levantarse una valla de frialdad y retraimiento entre padres e hijos. Intimen los padres con sus hijos; procuren entender sus gustos y disposiciones; compartan sus sentimientos, y descubran lo que embarga sus corazones.

Padres, demostrad a vuestros hijos que los amáis, y que queréis hacer cuanto podáis para asegurar su dicha. Si obráis así, las restricciones que necesitéis imponerles tendrán mucho mayor peso en sus jóvenes inteligencias. Gobernad a vuestros hijos con ternura y compasión, teniendo siempre presente que "sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos." (S. Mateo 18:10.) Si queréis que los ángeles desempeñen en favor de vuestros hijos el ministerio que Dios les ha encomendado, cooperad con ellos haciendo vuestra parte.

Criados bajo la prudente y amante dirección de un hogar verdadero, los hijos no abrigarán deseos de ir a buscar en otra parte placer y compañía. El mal no tendrá atractivo para ellos. El espíritu prevaleciente en el hogar amoldará su carácter; contraerán hábitos y adoptarán principios que serán para ellos amparo seguro contra la tentación cuando tengan que alejarse del hogar y ocupar su puesto en el mundo.

Tanto los hijos como los padres tienen importantes deberes que cumplir en el hogar. Se les ha de enseñar a los primeros que también forman parte de la sociedad del hogar. Se les da de comer, se les viste, se les ama y se les cuida; y ellos a su vez deben corresponder a todos estos favores compartiendo las responsabilidades domésticas y proporcionando toda la felicidad posible a su familia.

Los niños se sienten a veces tentados a irritarse bajo la restricción; pero en la vida adulta bendecirán a sus padres por el solícito cuidado y la estricta vigilancia con que los guardaron y guiaron en sus años de inexperiencia.