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El Ministerio de Curación

Capítulo 7

La Cooperación de lo Divino con lo Humano

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En el ministerio de curación, el médico ha de ser colaborador de Cristo. El Salvador asistía tanto al alma como al cuerpo. El Evangelio que enseñó fue un mensaje de vida espiritual y de restauración física. La salvación del pecado y la curación de la enfermedad iban enlazadas. El mismo ministerio está encomendado al médico cristiano. Debe unirse con Cristo en la tarea de aliviar las necesidades físicas y espirituales del prójimo. Debe ser mensajero de misericordia para el enfermo, llevándole el remedio para su cuerpo desgastado y para su alma enferma de pecado.

Cristo es el verdadero jefe de la profesión médica. El supremo Médico se encuentra siempre al lado de todo aquel que ejerce esa profesión en el temor de Dios y trabaja por aliviar las dolencias humanas. Mientras emplea remedios naturales para aliviar la enfermedad física, el médico debe dirigir a sus pacientes hacia Aquel que puede aliviar las dolencias del alma tanto como las del cuerpo. Lo que los médicos tan sólo pueden ayudar a realizar, Cristo lo cumple. Aquéllos procuran estimular la obra curativa de la naturaleza; Cristo sana. El médico procura conservar la vida; Cristo la da.

La fuente de curación

En sus milagros, el Salvador manifestaba el poder que actúa siempre en favor del hombre, para sostenerle y sanarle. Por medio de los agentes naturales, Dios obra día tras día, hora tras hora y en todo momento, para conservarnos la vida, fortalecernos y restaurarnos. Cuando alguna parte del cuerpo sufre perjuicio, empieza el proceso de curación; los agentes naturales actúan para restablecer la salud. Pero lo que obra por medio de estos agentes es el poder de Dios. Todo poder capaz de dar vida procede de él. Cuando alguien se repone de una enfermedad, es Dios quien lo sana.

La enfermedad, el padecimiento y la muerte son obra de un poder enemigo. Satanás es el que destruye; Dios el que restaura.

Las palabras dirigidas a Israel se aplican hoy a los que recuperan la salud del cuerpo o la del alma: "Yo soy Jehová tu Sanador." (Exodo 15:26).

El deseo de Dios para todo ser humano está expresado en las palabras: "Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas cosas, y que tengas salud, así como tu alma está en prosperidad." (3 S. Juan 2.).

"El es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias." (Salmo 103: 3,4).

El Pecado, la Causa de la Enfermedad

Al curar las enfermedades, Cristo decía muchas veces a los enfermos: "No peques más, porque no te venga alguna cosa peor." (S. Juan 5:14). Así les enseñaba que habían atraído su dolencia sobre si al transgredir las leyes de Dios, y que la salud no puede conservarse sino por medio de la obediencia.

El médico debe enseñar a sus pacientes que han de cooperar con Dios en la obra de restauración. El médico echa cada vez más de ver que la enfermedad resulta del pecado. Sabe que las leyes de la naturaleza son tan ciertamente divinas como los preceptos del Decálogo, y que sólo por la obediencia a ellas puede recuperarse o conservarse la salud. El ve que muchos sufren los resultados de sus hábitos perjudiciales cuando podrían recobrar la salud si hiciesen lo que está a su alcance para su restablecimiento. Es necesario enseñarles que todo hábito que destruye las energías físicas, mentales o espirituales, es pecado, y que la salud se consigue por la obediencia a las leyes que Dios estableció para bien del género humano.

Cuando el médico ve sufrir al paciente de una enfermedad derivada de alimentos o brebajes impropios o de otros hábitos erróneos, y no se lo dice, le perjudica. Los beodos, los dementes, los disolutos, todos imponen al médico la declaración terminante de que los padecimientos son resultado del pecado. Los que entienden los principios de la vida deberían esforzarse por contrarrestar las causas de las enfermedades. Al ver el continuo conflicto con el dolor y tener que luchar constantemente por aliviar a los que padecen, ¿cómo puede el médico guardar silencio? ¿Puede decirse que es benévolo y compasivo si deja de enseñar la estricta templanza como remedio contra la enfermedad?

La Ley Divina Para la Vida

Indíquese claramente que el camino de los mandamientos de Dios es el camino de la vida. Dios estableció las leyes de la naturaleza, pero sus leyes no son exacciones arbitrarias. Toda prohibición incluida en una ley, sea física o moral, implica una promesa. Si la obedecemos, la bendición nos acompañará. Dios no nos obliga nunca a hacer el bien, pero procura guardarnos del mal y guiarnos al bien.

Recuérdense las leyes enseñadas a Israel. Dios dio a su pueblo instrucciones claras respecto a sus hábitos de vida. Les dio a conocer las leyes relativas a su bienestar físico y espiritual; y con tal que ellos obedecieran se les prometía: "Quitará Jehová de ti toda enfermedad." (Deuteronomio 7:15).

"Poned vuestro corazón a todas las palabras que yo os protesto hoy." "Porque son vida a los que las hallan, y medicina a toda su carne." (Deuteronomio 32:46; Proverbios 4:22).

Dios quiere que alcancemos al ideal de perfección hecho posible para nosotros por el don de Cristo. Nos invita a que escojamos el lado de la justicia, a ponernos en relación con los agentes celestiales, a adoptar principios que restaurarán en nosotros la imagen divina. En su Palabra escrita y en el gran libro de la naturaleza ha revelado los principios de la vida. Es tarea nuestra conocer estos principios y por medio de la obediencia cooperar con Dios en restaurar la salud del cuerpo tanto como la del alma.

El Evangelio de Salud

Los hombres necesitan aprender que no pueden poseer en su plenitud las bendiciones de la obediencia, sino cuando reciben la gracia de Cristo. Esta es la que capacita al hombre para obedecer las leyes de Dios y para libertarse de la esclavitud de los malos hábitos. Es el único poder que puede hacerle firme en el buen camino y permanecer en él.

Cuando se recibe el Evangelio en su pureza y con todo su poder, es un remedio para las enfermedades originadas por el pecado. Sale el Sol de justicia, "trayendo salud eterna en sus alas." (Malaquías 4: 2, V.M.). Todo lo que el mundo proporciona no puede sanar al corazón quebrantado, ni dar la paz al espíritu, ni disipar las inquietudes, ni desterrar la enfermedad. La fama, el genio y el talento son impotentes para alegrar el corazón entristecido o restaurar la vida malgastada. La vida de Dios en el alma es la única esperanza del hombre.

El amor que Cristo infunde en todo nuestro ser es un poder vivificante. Da salud a cada una de las partes vitales: el cerebro, el corazón y los nervios. Por su medio las energías más potentes de nuestro ser despiertan y entran en actividad. Libra al alma de culpa y tristeza, de la ansiedad y congoja que agotan las fuerzas de la vida. Con él vienen la serenidad y la calma. Implanta en el alma un gozo que nada en la tierra puede destruir: el gozo que hay en el Espíritu Santo, un gozo que da salud y vida.

Las palabras de nuestro Salvador: "Venid a mí, . . . que yo os haré descansar" (S. Mateo 11:28), son una receta para curar las enfermedades físicas, mentales y espirituales. A pesar de que por su mal proceder los hombres han atraído el dolor sobre sí mismos, Cristo se compadece de ellos. En él pueden encontrar ayuda. Hará cosas grandes en beneficio de quienes en él confíen.

Aunque el pecado ha venido reforzando durante siglos su asidero sobre la familia humana, no obstante que por medio de la mentira y el artificio Satanás ha echado la negra sombra de su interpretación sobre la Palabra de Dios, y ha inducido a los hombres a dudar de la bondad divina, a pesar de todo esto, él amor y la misericordia del Padre no han dejado de manar hacia la tierra en caudalosos ríos. Si los seres humanos abriesen hacia el cielo las ventanas del alma, para apreciar los dones divinos, un raudal de virtud curativa la inundaría.

El Valor de Una Cabal Preparación

El médico que desee ser colaborador acepto con Cristo se esforzará por hacerse eficiente en todo ramo de su vocación. Estudiará con diligencia a fin de capacitarse para las responsabilidades de su profesión y, acoplando nuevos conocimientos, mayor sagacidad y maestría, procurará alcanzar un ideal superior. Todo médico debe darse cuenta de que si su obra es ineficaz, no sólo perjudica a los enfermos, sino también a sus colegas en la profesión. El médico que se da por satisfecho con un grado mediano de habilidad y conocimientos, no sólo empequeñece la profesión médica, sino que deshonra a Cristo, el soberano Médico.

Los que se sienten ineptos para la obra médica deben escoger otra ocupación. Los que se sienten con disposiciones para cuidar enfermos, pero cuya educación y cuyas aptitudes médicas son limitadas, deberían resignarse a desempeñar los ramos más humildes de dicha obra y actuar como fieles enfermeros. Sirviendo con paciencia bajo la dirección de médicos hábiles podrán seguir aprendiendo, y si aprovechan toda oportunidad de adquirir conocimientos, podrán tal vez llegar con el tiempo a estar preparados para ejercer la medicina. Vosotros, jóvenes médicos, "como ayudadores juntamente con él [el soberano Médico], ... no recibáis en vano la gracia de Dios.... no dando a nadie ningún escándalo, porque el ministerio nuestro [para con los enfermos] no sea vituperado: antes habiéndonos en todas cosas como ministros de Dios." (2 Corintios 6: 1-4).

El propósito de Dios con respecto a nosotros es que ascendamos siempre. El verdadero médico misionero será cada vez más diestro. Hay que buscar a médicos cristianos de talento y de superior habilidad profesional, y alentarlos a servir a Dios en lugares donde puedan educar y preparar a otros para ser misioneros médicos.

El médico debe acopiar en su alma la luz de la Palabra de Dios. Debe crecer continuamente en la gracia. Para él, la religión no ha de ser tan sólo una de tantas influencias. Debe ser la influencia predominante. Debe inspirar todos sus actos en altos y santos móviles, que serán poderosos por proceder de Aquel que dio su vida para revestirnos de poder para vencer el mal.

Si el médico se esfuerza con fidelidad y diligencia por hacerse eficaz en su profesión, si se consagra al servicio de Cristo y dedica tiempo a escudriñar su corazón, comprenderá los misterios de su sagrada vocación. Logrará disciplinarse y educarse de tal modo que cuantos se encuentren dentro de la esfera de su influencia reconocerán la excelencia de la educación y de la sabiduría adquiridas por quien vive siempre en unión con el Dios de sabiduría y poder.

Un Divino Ayudador en el Cuarto del Enfermo

En ninguna otra circunstancia se necesita una comunión tan íntima con Cristo como en la obra del médico. El que quiera cumplir debidamente los deberes de médico ha de llevar día tras día y hora por hora una vida cristiana. La vida del paciente está en manos del médico. Un diagnóstico superficial, una receta equivocada en un caso crítico, o un movimiento de la mano que en una operación desacierte por el espesor de un cabello, puede sacrificar una existencia y precipitar un alma a la eternidad. ¡Cuán solemne resulta pensar en esto! ¡Cuánto importa, pues, que el médico esté siempre bajo la dirección del Médico divino!

El Salvador está dispuesto a auxiliar a cuantos le piden sabiduría y claridad de pensamiento. Y ¿quién necesita más sabiduría y lucidez que el médico, de cuyas resoluciones dependen tantas consecuencias? Todo aquel que procura prolongar una vida debe mirar con fe a Cristo para que dirija todos sus movimientos. El Salvador le dará tacto y habilidad cuando haya de habérselas con casos difíciles.

Admirables son las oportunidades dadas a quienes cuidan enfermos. En todo cuanto hacen por devolverles la salud, háganles comprender que el médico procura ayudarles a cooperar con Dios para combatir la enfermedad. Indúzcanlos a sentir que a cada paso que den en armonía con las leyes de Dios pueden esperar la ayuda del poder divino.

Los enfermos tendrán mucho mayor confianza en el médico acerca del cual están seguros que ama y teme a Dios. Confían en sus palabras. Experimentan un sentimiento de seguridad en presencia de un médico tal y bajo su cuidado.

Por el hecho de conocer al Señor Jesús, el médico cristiano tiene el privilegio de invocar su presencia en la estancia del enfermo por medio de la oración. Antes de ejecutar una operación crítica, implore el cirujano la ayuda del gran Médico. Asegure al paciente que Dios puede hacerle salir bien de la prueba, y que en todo momento angustioso él es el refugio seguro para los que en él confían. El médico que no puede obrar así pierde un caso tras otro que de otra manera hubieran podido salvarse. Si supiera decir palabras que inspirasen fe en el compasivo Salvador que percibe cada palpitación de angustia, y si supiera presentarle en oración las necesidades del alma, la crisis se vencería más a menudo sin peligro.

Sólo Aquel que lee en el corazón sabe con cuán tembloroso terror muchos pacientes consienten en entregarse en manos del cirujano. Se dan cuenta del peligro que corren. Al par que confían en la pericia del médico, saben que no es infalible. Pero cuando le ven inclinarse en oración para pedir a Dios su ayuda, se sienten alentados a confiar. El agradecimiento y la confianza abren el corazón al poder sanador de Dios; las energías de todo el ser se vivifican y triunfan las fuerzas de la vida.

Para el médico también la presencia del Salvador es elemento de fuerza. Muchas veces le amedrentan las responsabilidades y contingencias de su obra. La incertidumbre y el temor podrían entorpecer su mano. Pero la seguridad de que el divino Consejero está junto a él para guiarle y sostenerle, le da calma y valor. El toque de Cristo en la mano del médico infunde vitalidad, tranquilidad, confianza y fuerza.

Salvada la crisis con felicidad y estando ya el éxito a la vista, pase el médico unos momentos en oración con el paciente. Dé expresión a su agradecimiento por la vida resguardada. Y cuando el enfermo expresa su gratitud al médico, haga éste que esa gratitud y la alabanza se tributen a Dios. Diga también al paciente que salvó la vida porque estaba bajo la protección del Médico celestial.

El médico que obre así conduce a su paciente a Aquel de quien depende su vida, al Unico que puede salvar eternamente a cuantos se allegan a él.

El Ministerio Para el Alma

Quienes trabajen en la obra médica misionera deben sentir un profundo anhelo por las almas. Al médico, como al ministro del Evangelio, se ha confiado el mayor cargo que pueda encomendarse a los hombres. Sea que lo comprenda o no, todo médico está encargado del cuidado de las almas.

Con demasiada frecuencia, en su roce continuo con la enfermedad y la muerte, los médicos pierden de vista las solemnes realidades de la vida futura. En su afán por desviar el peligro del cuerpo, olvidan el peligro del alma. Puede ser que aquel a quien atienden esté perdiendo la vida y sus últimas oportunidades se estén desvaneciendo. Con esta alma volverá a encontrarse el médico en el tribunal de Cristo.

Muchas veces dejamos escapar las más preciosas bendiciones al no decir una palabra en el momento oportuno. Si no discernimos la áurea oportunidad, la perdemos. A la cabecera del enfermo, evítese toda palabra acerca de dogmas o controversias. Diríjase la atención del enfermo hacia Aquel que quiere salvar a todos los que a él acuden con fe. Con fervor y ternura, procúrese ayudar al alma pendiente entre la vida y la muerte.

El médico que sabe que Cristo es su Salvador personal, porque él mismo fue llevado al Refugio, sabe cómo tratar con las almas temblorosas, enfermas de pecado, que sienten su culpa y le piden ayuda. Sabe contestar a la pregunta: "¿Qué es menester que yo haga para ser salvo?" (Hechos 16:30) Puede contar la historia del amor del que nos redime. Puede hablar por experiencia del poder del arrepentimiento y de la fe. Con palabras sencillas y sinceras puede presentar a Dios en oración la necesidad del alma, y alentar al enfermo a pedir y aceptar la gracia del compasivo Salvador. Al desempeñar así su ministerio junto a la cabecera del enfermo, procurando dirigirle palabras que le auxilien y consuelen, el Señor obra por medio de él y con él. Cuando el espíritu del paciente es conducido al Salvador, la paz de Cristo llena su corazón, y la salud espiritual que recibe es como mano auxiliadora de Dios que restaura la salud del cuerpo.

Al atender al enfermo, el médico encuentra a menudo oportunidad para desempeñar su ministerio entre los amigos del afligido, quienes al velar cerca del lecho de dolor y verse incapaces de evitarle un solo tormento de angustia, sienten ablandarse sus corazones. Muchas veces confiesan al médico las penas que ocultan a los demás. Ha llegado entonces la oportunidad para dirigir la atención de los afligidos hacia Aquel que invita a los cansados y cargados a acudir a él. A menudo se puede orar entonces por ellos y con ellos, para presentar sus necesidades al que sana todos los dolores y alivia todas las penas.

Las promesas de Dios

El médico tiene preciosas oportunidades para recordar a sus pacientes las promesas de la Palabra de Dios. Debe sacar del tesoro cosas nuevas y viejas y pronunciar aquí y allí las anheladas palabras de consuelo y enseñanza. Haga el médico de modo que su mente sea un depósito de pensamientos refrigerantes. Estudie con diligencia la Palabra de Dios, para familiarizarse con sus promesas. Aprenda a repetir las palabras de consuelo que Cristo pronunció en el curso de su ministerio terrenal, cuando enseñaba a la gente y sanaba a los enfermos. Debería hablar de las curaciones realizadas por Cristo, así como de su ternura y amor. No deje nunca de encaminar el pensamiento de sus pacientes hacia Cristo, el supremo Médico.

El mismo poder que Cristo ejerció cuando andaba entre los hombres se encuentra en su Palabra. Con ella curaba las enfermedades y echaba fuera demonios; con ella sosegaba el mar y resucitaba a los muertos; y el pueblo atestiguó que su palabra iba revestida de poder. El predicaba la Palabra de Dios, la misma que había dado a conocer a todos los profetas y maestros del Antiguo Testamento. La Biblia entera es una manifestación de Cristo.

Las Escrituras deben recibirse como palabra que Dios nos dirige, palabra no meramente escrita sino hablada. Cuando los afligidos acudían a Cristo, discernía él, no sólo a los que pedían ayuda, sino a todos aquellos que en el curso de los siglos acudirían a él con las mismas necesidades y la misma fe. Al decirle al paralítico: "Confía, hijo; tus pecados te son perdonados," al decir a la mujer de Capernaúm:"Hija, tu fe te ha salvado: ve en paz," se dirigía también a otros afligidos, a otros cargados de pecado, que acudirían a pedirle ayuda. (S. Mateo 9:2; S. Lucas 8:48.)

Así sucede con todas las promesas de la Palabra de Dios. En ellas nos habla a cada uno en particular, y de un modo tan directo como si pudiéramos oír su voz. Por medio de estas promesas, Cristo nos comunica su gracia y su poder. Son hojas de aquel árbol que es "para la sanidad de las naciones."(Apocalipsis 22:2.) Recibidas y asimiladas, serán la fuerza del carácter, la inspiración y el sostén de la vida. Nada tiene tal virtud curativa. Ninguna otra cosa puede infundirnos el valor y la fe que dan vital energía a todo el ser.

A quien esté al borde del sepulcro y lleno de temor, con el alma agobiada por la carga del padecimiento y del pecado, repítale el médico, siempre que se le presente la oportunidad,

las palabras del Salvador, pues todas las palabras de las Sagradas Escrituras son suyas:

"No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pasares por las aguas, yo seré contigo; y por los ríos, no te anegarán. Cuando pasares por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador.... Porque en mis ojos fuiste de grande estima, fuiste honorable, y yo te amé." "Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados." "No temas, porque yo soy contigo." (Isaías 43:14, 25, 5.)

"Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; acuérdese que somos polvo."(Salmo 10:13, 14)

"Conoce empero tu maldad, porque contra Jehová tu Dios has prevaricado." "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad." "Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados: tórnate a mí, porque yo te redimí."(Jeremías 3:13; 1 S. Juan 1:9; Isaías 44:22.)

"Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana. Si quisierais y oyerais, comeréis el bien de la tierra." (Isaías 1:18,19.)

"Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia." "Escondí mi rostro de ti por un momento; mas con misericordia eterna tendré compasión de ti." (Jeremías 31:3; Isaías 54:8.)

"No se turbe vuestro corazón" "La paz os dejo, mi paz os doy: no como el mundo la da, yo os la doy. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo." (S. Juan 14:1, 27.)

"Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como acogida contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa."(Isaías 32:2.)

"Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, que no hay; secóse de sed su lengua; yo Jehová los oiré, yo el Dios de Israel no los desampararé." (Isaías 41:17.)

"Así dice Jehová, Hacedor tuyo, y el que te formó: Yo derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre la tierra árida: mi Espíritu derramaré sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos." (Isaías 44: 2, 3.)

"Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra." (Isaías 45:22.)

"El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias." "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados."(S. Mateo 8:17; Isaías 53:5.)