Make your own free website on Tripod.com

 

El Ministerio de Curación

Capítulo 6

Salvados para Servir

[Flash Player]

Era el amanecer, a orillas del mar de Galilea. Jesús y sus discípulos habían llegado allí después de pasar una noche tempestuosa sobre las aguas, y la luz del sol naciente esparcía sobre el mar y la tierra como una bendición de paz. Pero apenas habían tocado la orilla cuando sus ojos fueron heridos por una escena más terrible que la furia de la tempestad. De algún escondedero entre las tumbas, dos locos echaron a correr hacia ellos como si quisieran despedazarlos. De sus cuerpos colgaban trozos de cadenas que habían roto al escapar de sus prisiones. Sus carnes estaban desgarradas y sangrientas y por entre sus cabellos sueltos y enmarañados, les brillaban los ojos; la misma apariencia humana parecía borrada de su semblante. Se asemejaban más a fieras que a hombres.

Los discípulos y sus compañeros huyeron aterrorizados; pero al rato notaron que Jesús no estaba con ellos y se volvieron para buscarle. Allí estaba donde le habían dejado. El que había calmado la tempestad, y antes había arrostrado y vencido a Satanás, no huyó delante de esos demonios. Cuando los hombres, crujiendo los dientes y echando espuma por la boca, se acercaron a él, Jesús levantó aquella mano que había ordenado a las olas que se calmasen, y los hombres no pudieron acercarse más. Estaban de pie, furiosos, pero impotentes delante de él.

Con autoridad ordenó a los espíritus inmundos que salieran de esos hombres. Los desafortunados se dieron cuenta de que estaban cerca de alguien que podía salvarlos de los atormentadores demonios. Cayeron a los pies del Salvador para pedirle misericordia; pero cuando sus labios se abrieron, los demonios hablaron por su medio clamando: "¿Qué tenemos contigo, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá a molestarnos antes de tiempo?" (S. Mateo 8:29.)

Los espíritus malos se vieron obligados a soltar sus víctimas, y ¡qué cambio admirable se produjo en los endemoniados! Había amanecido en sus mentes. Sus ojos brillaban de inteligencia. Sus rostros, durante tanto tiempo deformados a la imagen de Satanás, se volvieron repentinamente benignos. Se aquietaron las manos manchadas de sangre y los hombres elevaron alegremente sus voces en alabanza a Dios.

Mientras tanto, los demonios, echados de su habitación humana, habían entrado en una piara de cerdos y la habían arrastrado a la destrucción. Los guardianes de los cerdos corrieron a difundir la noticia, y el pueblo entero se agolpó alrededor de Jesús. Los dos endemoniados habían aterrorizado la comarca. Ahora están vestidos y en su sano juicio, sentados a los pies de Jesús, escuchando sus palabras y glorificando el nombre de Aquel que los ha sanado. Pero la gente que presencia esta maravillosa escena no se regocija. La pérdida de los cerdos le parece de mayor importancia que la liberación de estos cautivos de Satanás. Aterrorizada, rodea a Jesús para instarle a que se aparte de allí; y él, cediendo a sus ruegos, se embarca en seguida para la ribera opuesta.

El sentimiento de los endemoniados curados es muy diferente. Ellos desean la compañía de su Libertador. Con él se sienten seguros de los demonios que atormentaron su vida y agostaron su virilidad. Cuando Jesús está por subir al barco, se mantienen a su lado, y arrodillándose, le ruegan que los guarde cerca de él, donde puedan escuchar siempre sus palabras. Pero Jesús les recomienda que vayan a sus casas y cuenten cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ellos.

Tienen una obra que hacer: ir a hogares paganos y hablar de la bendición que recibieron de Jesús. Les resulta duro separarse del Salvador. Les asediarán seguramente grandes dificultades en su trato con sus compatriotas paganos. Y su largo aislamiento de la sociedad parece haberlos inhabilitado para la obra que él les ha indicado. Pero tan pronto como Jesús les señala su deber, están listos para obedecer.

No sólo hablaron de Jesús a sus familias y vecinos, sino que fueron por toda Decápolis, declarando por doquiera su poder salvador, y describiendo cómo los había librado de los demonios.

Aunque los habitantes de Gádara no habían recibido a Jesús, él no los dejó en las tinieblas que habían preferido. Cuando le pidieron que se apartase de ellos, no habían oído sus palabras. Ignoraban lo que rechazaban. Por lo tanto, les mandó luz por medio de personas a quienes no se negarían a escuchar.

Al ocasionar la destrucción de los cerdos, Satanás se proponía apartar a la gente del Salvador e impedir la predicación del Evangelio en esa región. Pero este mismo incidente despertó a toda la comarca como no podría haberlo hecho otra cosa alguna y dirigió su atención a Cristo. Aunque el Salvador mismo se fue, los hombres a quienes había sanado permanecieron como testigos de su poder. Los que habían sido agentes del príncipe de las tinieblas vinieron a ser conductos de luz, mensajeros del Hijo de Dios. Cuando Jesús volvió a Decápolis, la gente acudió a él, y durante tres días miles de habitantes de toda la región circundante oyeron el mensaje de salvación.

Los dos endemoniados curados fueron los primeros misioneros a quienes Cristo envió a predicar el Evangelio en la región de Decápolis. Esos hombres habían tenido oportunidad de oír las enseñanzas de Cristo durante unos momentos solamente. Sus oídos no habían percibido un solo sermón de sus labios. No podían instruir a la gente como habrían podido hacerlo los discípulos que habían estado diariamente con Jesús; pero podían contar lo que sabían, lo que ellos mismos habían visto, oído y experimentado del poder del Salvador. Esto es lo que puede hacer cada uno cuyo corazón ha sido conmovido por la gracia de Dios. Tal es el testimonio que nuestro Señor requiere y por falta del cual el mundo está pereciendo.

El Evangelio se ha de presentar, no como una teoría inerte, sino como una fuerza viva capaz de transformar la conducta. Dios quiere que sus siervos den testimonio de que por medio de la gracia divina los hombres pueden poseer un carácter semejante al de Cristo y regocijarse en la seguridad de su gran amor. Quiere que atestigüemos que él no puede darse por satisfecho mientras todos los que acepten su salvación no hayan sido transformados y reintegrados en sus santos privilegios de hijos de Dios.

Aun a aquellos cuya conducta más le haya ofendido les da franca acogida. Cuando se arrepienten, les otorga su Espíritu divino, y los manda al campo de los desleales a proclamar su misericordia. Las almas que han sido degradadas en instrumentos de Satanás siguen todavía, mediante el poder de Cristo, siendo transformadas en mensajeras de justicia, y se las envía a contar cuán grandes cosas el Señor ha hecho por ellas y cuánta compasión les tuvo.

"De ti será siempre mi alabanza"

Después que la mujer de Capernaúm fuera sanada por el toque hecho con fe, Jesús quiso que reconociese el beneficio recibido. No se obtienen a hurtadillas ni se gozan en secreto los dones que el Evangelio ofrece.

"Vosotros, pues, sois mis testigos, dice Jehová, que yo soy Dios." (Isaías 43:12.)

Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo, Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas.

Para nuestro propio beneficio, debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que podamos leer acerca de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará raudamente; su luz nacerá en la obscuridad, y la gloria de Dios la acompañará.

"¿Que pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo? Tomaré la copa de la salud, e invocaré el nombre de Jehová. Ahora pagaré mis votos a Jehová delante de todo su pueblo." (Salmo 116:12-14.)

"A Jehová cantaré en mi vida: A mi Dios salmearé mientras viviere. Serme ha suave hablar de él: yo me alegraré en Jehová." (Salmo 104: 33,34.)

"¿Quién expresará las valentías de Jehová? ¿quién contará sus alabanzas?" (Salmo 106:2.)

"Invocad su nombre: haced notorias sus obras en los pueblos. Cantadle, cantadle salmos: hablad de todas sus maravillas. Gloriaos en su santo nombre: alégrese el corazón de los que buscan a Jehová." (Salmo 105:1-3.)

"Porque mejor es tu misericordia que la vida: mis labios te alabarán.... Como de meollo y de grosura será saciada mi alma; y con labios de júbilo te alabará mi boca, cuando me acordaré de ti en mi lecho, cuando meditaré de ti en las velas de la noche. Porque has sido mi socorro; y así en la sombra de tus alas me regocijaré." (Salmo 63:3-7.)

"En Dios he confiado: no temeré lo que me hará el hombre. Sobre mí, oh Dios, están tus votos: te tributaré alabanzas. porque has librado mi vida de la muerte, y mis pies de caída, para que ande delante de Dios en la luz de los que viven." (Salmo 56:11-13.)

"Oh Santo de Israel. Mis labios cantarán cuando a ti salmeare, y mi alma, a la cual redimiste. Mi lengua hablará también de tu justicia todo el día."

"Seguridad mía desde mi juventud.... De ti será siempre mi alabanza." (Salmo 71:22-24, 5, 6.)

"Haré perpetua la memoria de tu nombre: ... Por lo cual te alabarán los pueblos." (Salmo 45:17.)

"De gracia recibisteis, dad de gracia"

No debemos limitar la invitación del Evangelio y presentarla solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos honrarán aceptándola. El mensaje ha de proclamarse a todos. Cuando Dios bendice a sus hijos, no es tan sólo para beneficio de ellos, sino para el mundo. Cuando nos concede sus dones, es para que los multipliquemos compartiéndolos con otros.

Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana que habló con Jesús junto al pozo de Jacob, trajo otros a él. Así dio pruebas de ser una misionera más eficaz que los propios discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que fuera un campo alentador. Fijaban sus pensamientos en una gran obra futura, y no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó a oír a Jesús. Ella llevó en seguida la luz a sus compatriotas.

Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. Apenas llega a conocer al Salvador, desea hacerlo conocer a otros. La verdad salvadora y santificadora no puede quedar encerrada en su corazón. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe se transforma en un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un manantial en el desierto, cuyas aguas brotan para refrescar a todos, e infunde a quienes están por perecer avidez de beber del agua de la vida. Al hacer esta obra obtenemos mayor bendición que si trabajáramos únicamente en nuestro provecho. Es al trabajar para difundir las buenas nuevas de la salvación como somos llevados más cerca del Salvador.

Acerca de los que reciben su gracia, dice el Señor:

"Y daré a ellas y a los alrededores de mi collado, bendición; y haré descender la lluvia en su tiempo, lluvias de bendición serán." (Ezequiel 34:26.)

"Mas en el postrer día grande de la fiesta, Jesús se ponía en pie y clamaba, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva correrán de su vientre." (S. Juan 7:37,38.)

Los que reciben tienen que dar a los demás. De todas partes nos llegan pedidos de auxilio. Dios invita a los hombres a que atiendan gozosos a sus semejantes. Hay coronas inmortales que ganar; hay que alcanzar el reino de los cielos; hay que iluminar al mundo que perece en la ignorancia. "¿No decís vosotros: Aun hay cuatro meses hasta que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos, y mirad las regiones, porque ya están blancas para la siega. Y el que siega, recibe salario, y allega fruto para vida eterna." (S. Juan 4: 35, 36.)

"He aquí, yo estoy con vosotros todos los días"

Durante tres años, los discípulos tuvieron delante de si el admirable ejemplo de Jesús. Día tras día anduvieron y conversaron con él, oyendo sus palabras que alentaban a los cansados y cargados y viendo las manifestaciones de su poder para con los enfermos y afligidos. Llegado el momento en que iba a dejarlos, les dio gracia y poder para llevar adelante su obra en su nombre. Tenían que derramar la luz de su Evangelio de amor y de curación. Y el Salvador les prometió que estaría siempre con ellos. Por medio del Espíritu Santo, estaría aun más cerca de ellos que cuando andaba en forma visible entre los hombres.

La obra que hicieron los discípulos, hemos de hacerla nosotros también. Todo cristiano debe ser un misionero. Con simpatía y compasión tenemos que desempeñar nuestro ministerio en bien de los que necesitan ayuda, y procurar con todo desprendimiento aliviar las miserias de la humanidad doliente.

Todos pueden encontrar algo que hacer. Nadie debe considerar que para él no hay sitio donde trabajar por Cristo. El Salvador se identifica con cada hijo de la humanidad. Para que pudiéramos ser miembros de la familia celestial, él se hizo miembro de la familia terrenal. Es el Hijo del hombre y, por consiguiente, hermano de todo hijo e hija de Adán. Los que siguen a Cristo no deben sentirse separados del mundo que perece en derredor suyo. Forman parte de la gran familia humana, y el Cielo los considera tan hermanos de los pecadores como de los santos.

Millones y millones de seres humanos, sumidos en el dolor, la ignorancia y el pecado, no han oído hablar siquiera del amor de Cristo. Si nuestra situación fuera la suya, ¿qué quisiéramos que ellos hicieran por nosotros? Todo esto, en cuanto dependa de nosotros, hemos de hacerlo por ellos. La regla de la vida cristiana conforme a la cual seremos juzgados un día es ésta: "Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos." (S. Mateo 7:12)

Todo lo que nos ha dado ventaja sobre los demás, ya sea educación y refinamiento, nobleza de carácter, educación cristiana o experiencia religiosa, todo esto nos hace deudores para con los menos favorecidos; y en cuanto esté de nosotros, hemos de servirlos. Si somos fuertes, hemos de sostener a los débiles.

Los ángeles gloriosos que contemplan siempre la faz del Padre en los cielos se complacen en servir a los pequeñuelos. Los ángeles están siempre donde más se les necesita, junto a los que libran las más rudas batallas consigo mismos, y cuyas circunstancias son de lo más desalentadoras. Atienden con cuidado especial a las almas débiles y temblorosas cuyos caracteres presentan muchos rasgos poco favorables. Lo que a los corazones egoístas les parecería servicio humillante, como el de atender a los míseros y de carácter inferior, es precisamente la obra que cumplen los seres puros y sin pecado de los atrios celestiales.

Jesús no consideró el cielo como lugar deseable mientras estuviéramos nosotros perdidos. Dejó los atrios celestiales para llevar una vida de vituperios e insultos, y para sufrir una muerte ignominiosa. El que era rico en tesoros celestiales inapreciables, se hizo pobre, para que por su pobreza fuéramos nosotros ricos. Debemos seguir sus huellas.

El que se convierte en hijo de Dios ha de considerarse como eslabón de la cadena tendida para salvar al mundo. Debe considerarse uno con Cristo en su plan de misericordia, y salir con él a buscar y salvar a los perdidos.

Muchos estimarían como gran privilegio el visitar las regiones en que se desarrolló la vida terrenal de Cristo, andar por donde él anduvo, contemplar el lago junto a cuya orilla le gustaba enseñar, y las colinas y los valles en que se posaron tantas veces sus miradas. Pero no necesitamos ir a Nazaret, ni a Capernaúm ni a Betania, para andar en las pisadas de Jesús. Veremos sus huellas junto al lecho del enfermo, en las chozas de los pobres, en las calles atestadas de las grandes ciudades, y doquiera haya corazones necesitados de consuelo.

Hemos de dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar a los que sufren y a los afligidos. Hemos de auxiliar a los de ánimo decaído, y dar esperanza a los desesperados.

El amor de Cristo, manifestado en un ministerio de abnegación, será más eficaz para reformar al malhechor que la espada o los tribunales. Estos son necesarios para infundir terror al criminal; pero el misionero amante puede hacer mucho más. A menudo el corazón que se endurece bajo la reprensión es ablandado por el amor de Cristo.

No sólo puede el misionero aliviar las enfermedades físicas, sino conducir al pecador al gran Médico que puede limpiar el alma de la lepra del pecado. Por medio de sus siervos, Dios se propone que oigan su voz los enfermos, los desdichados y los poseídos de espíritus malignos. Por medio de sus agentes humanos quiere ser un consolador como nunca lo conoció el mundo.

El Salvador dio su preciosa vida para establecer una iglesia capaz de atender a los que sufren, a los tristes y a los tentados. Una agrupación de creyentes puede ser pobre, inculta y desconocida; sin embargo, en Cristo puede realizar, en el hogar, en la comunidad y aun en tierras lejanas, una obra cuyos resultados alcanzarán hasta la eternidad.

A los que actualmente siguen a Cristo, tanto como a los primeros discípulos, van dirigidas estas palabras:

"Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y doctrinad a todos los Gentiles." "Id por todo el mundo; predicad el evangelio a toda criatura." (S. Mateo 28:18,19; S. Marcos 16:15.)

Y para nosotros también es la promesa de su presencia: "Y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo." (S. Mateo 28:20.)

Hoy no acuden muchedumbres al desierto, curiosas de oír y de ver al Cristo. No se oye su voz en las calles bulliciosas. Tampoco se oye gritar en los caminos que pasa "Jesús Nazareno." (S. Lucas 18: 37.) No obstante, es así. Cristo pasa invisiblemente por nuestras calles. Viene a nuestras casas con palabras de misericordia. Está dispuesto a cooperar con los que procuran servir en su nombre. Está en medio de nosotros, para sanar y bendecir, si consentimos en recibirlo.

"Así dijo Jehová: En hora de contentamiento te oí, y en el día de salud te ayudé: y guardarte he, y te daré por alianza del pueblo, para que levantes la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Manifestaos." (Isaías 49: 8, 9.)

"¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que publica la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salud, del que dice a Sión: Tu Dios reina! "

"Cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades.... Porque Jehová ha consolado su pueblo.... Jehová desnudó el brazo de su santidad ante los ojos de todas las gentes; y todos los términos de la tierra verán la salud del Dios nuestro." (Isaías 52:7,9, 10.)